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vuelta a cioran

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En la puerta de su casa, al fondo el Teatro del Odeon, en París.

Era hijo de un pope ortodoxo rumano, y acabó haciéndose ateo. Sus entrevistas con la prensa fueron raras, de coleccionista. Recibía a muy poca gente: ‘pa qué,’ pensaba. Pero cuando te abría la puerta de su buhardilla, cerca del Odeon parisino, te sentías como si estuvieras en tu casa y lo conocieras de toda la vida.

Recuerdo una nochevieja allí con él y Simone Boué, ‘son adorable compagne’: enamorados todavía como dos adolescentes. No se me olvida que, esa madrugada, Cioran fue el más moderado de todo aquel pequeño grupo de amigos que le acompañaba en el paso del año.

A Cioran se le consideraba un excéntrico: desesperado y pesimista. Lo cierto es que era pura vitalidad, optimismo y ganas de vivir aunque se regodeara leyendo biografías de genteimportante para ver ‘la capacidad de autodestrucción que tenemos los humanos.’ Estos días de cataclismo universal me habría dicho:

Qué aburrimiento, escuchar una y otra vez la catástrofe que se repite.

Me lo presentó en París, entusiasmada, una chica encantadora que entonces era mi ‘compañera sentimental’, como se decía. Los caminos de la poetisa y el periodista se separaron cuando me fui a Madrid, en 1983, para acabar como corresponsal de TVE primero en la ‘aldea federal’ y después por esos mundos de dios. Fue entonces cuando cometí el mayor error de toda mi vida profesional, del que siempre me he arrepentido: publicar en ‘El País Semanal’ una de los escasas entrevistas concedidas a la prensa por Cioran bajo un estúpido pseudónimo. Tal vez pretendía hacer ‘borrón y cuenta nueva’ en mi vida personal.

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En su buhardilla, en la rue del Odeon.

Cioran diseñó algunas de las frases más demoledoras que se hayan escrito jamás contra la humanidad;porque lo suyo era puro diseño filosófico: ética y estética. Pero Cioran era en la realidad un viejete encantador, rebosante de alegría y ganas de vivir, al que se le iluminaban sus pícaros ojillos cuando le hablabas de España, que había recorrido con su bicicleta después de la guerra.

A Cioran lo preocupaba increíblemente el día a día, el ‘ennuie’ de la cotidianeidad. Cartesiano en sus aforismos, de los españoles admiraba nuestra capacidad para lo imposible y ese ‘viva la virgen’ que, según él, llevamos dentro. Viniendo esta mañana a la oficina en bicicleta pensaba yo en él…

Hoy habría sido un alivio tomarse el primer café con mi amigo Cioran.

mon ami cioran

Era hijo de un pope ortodoxo rumano, y acabó haciéndose ateo. Recibía a muy poca gente: para qué, pensaba, pero cuando te abría la puerta de su buhardilla, cerca del Odeon, te sentías como si estuvieras en tu casa y lo conocieras de toda la vida.

Recuerdo una nochevieja allí con él y Simone, ‘son adorable compagne’: enamorados todavía como dos adolescentes. No se me olvida que, esa madrugada, Cioran fue el más moderable de todo el pequeño grupo de amigos que le acompañaba.

A Cioran se le consideraba un excéntrico: desesperado y pesimista. Pero lo cierto es que pura vitalidad, puro optimismo y ganas de vivir, aunque se regodeara leyendo biografías de gente importante para ver la capacidad de autodestrucción que tenemos los humanos. Estos días de cataclismo universal me habría dicho:

Qué aburrimiento, escuchar una y otra vez la catástrofe que se repite.

Me lo presentó una Lola entusismada, con quien yo compartía piso en París. Lola escribía poesía, quiso entrevistar a Cioran y se convirtió por un tiempo en confidente. Los caminos de Lola y los míos se separaron cuando yo me fui a Madrid 1983 para acabar como corresponsal de TVE por esos mundos. Fue entonces cuando cometí el mayor error de toda mi vida profesional: publicar en ‘El País Semanal’ una de los escasas entrevistas concedidas a la prensa por Cioran bajo un estúpido pseudónimo. Tal vez pretendía yo así hacer ‘borrón y cuenta nueva’ en mi vida personal.

Cioran fabricó las frases más demoledoras que se hayan escrito jamás contra la humanidad, pero era un viejete encantador, rebosante de alegría y ganas de vivir, al que se le iluminaban sus pícaros ojillos cuando le hablabas de España, que había recorrido con su bicicleta después de la guerra. Cartesiano en sus aforismos, de los españoles admiraba nuestra capacidad para lo imposible y ese ‘viva la virgen’ que llevamos dentro. Viniendo esta mañana a la oficina pensaba yo en él…

Hoy habría sido un alivio tomarse el primer café del día con mi amigo Cioran.