la movida de Berlín

mdaberlin

Antes de que cayera el Muro, Berlín ya vivía su movida. En realidad, había dos movidas bien distintas, pero movidas a fin de cuentas: la de Berlín-Este y la de Berlín-Oeste. Por eso escribía en agosto de 1989, tres meses antes de que cayera el Muro, que Berlín seguía siendo distinta a las otras ciudades alemanes siete siglos y medio después de su fundación.

Tierra de asilo y lugar de encuentro de centenar y medio de culturas, cuando cae la noche los dos Berlines se convertían en el punto de referencia de la movida alemana y centroeuropea. En 1989 contábamos la movida de Berlín en el semanario español Cambio 16 pocas semanas antes de la caída del Muro. Primera parte.

Berlín-Oeste es el lugar de los récords por kilómetro cuadrado: los berlineses tocan a un perro por cabeza, un coche por cada tres, más puentes que en Venecia, más árboles y más estaciones de tren que en ningún otro lugar de Alemania y 250.000 extranjeros de 150 países. Empezando por los turcos, que han convertido Berlín en la segunda ciudad de Turquía.

En Berlín existe tanta marcha como en Nueva York , tanta movida como (entonces) en Madrid y más ganas de vivir que en el resto de Alemania entera. Nos lo dice una astróloga berlinesa: “El Muro convierte a Berlín en una isla y las islas son lugares de asilo, de refugio y de destierro. Por eso se busca aquí una realidad más allá de la realidad”.

Berlín-Oeste es una isla en el mar rojo donde cada año acuden a refugiarse para no hacer el servicio militar en el Bundeswehr, el ejército federal, 10.000 jóvenes alemanes. Tantos como soldados franceses, británicos y norteamericanos estacionados en Berlín como soldados ocupantes. Con la misión de “velar por la seguridad de Occidente”. Otra reliquia del pasado, comentan resignados los berlineses. Esa presencia militar extranjera le cuesta al Gobierno de Bonn más de 2.000 millones de marcos alemanes al año.

Berlín es una ciudad bisagra entre el Este y el Oeste , un decorado de película de Hitchcock y dobles agente. Patria de apátridas, un espacio abierto donde hay sitio para todos. Berlín busca ser la alternativa de sí misma, con cinco mil bares invitando a que te reinventes la noche cada día. “Si te aislas aquí una semana, nos cuenta Alicia, una hispano-alemana que frecuenta la szene, la movida berlinesa, te pierdes porque la noche lleva aquí un ritmo tan bestial que tienes que seguir casi a diario para saber dónde está lo más in“.

Cualquier esquina de Berlín es buena para abrir un local donde puedes hacer creer que te has inventado algo nuevo. Está el barrio de Kreuzberg, junto al Muro, donde la mitad de la población es turca; pero también puedes irte en busca de marcha a Schönefeld, una zona donde viven intelectuales y obreros. No te olvides del Kudamm, lujosa avenida de moda y chic, lo que no impide que al ponerse el sol se estacionan decenas de jovencitas a la espera de clientes.

En el Este pensarás que tienes menos posibilidades , pero no te creas. Puedes empezar con el rock duro de Prenzlauer Berg: una movida que surgió, como todas, del afán de ser diferente. En el otro Berlín todavía llevan los jóvenes el pelo largo y lo último es lo que estaba de moda en Occidente hace ya una docena de años.

A estas horas de la madrugada, recién salidos del Ufo-Club, “lo último de la movida berlinesa (en el Oeste), los neones lucen aún en las calles, pero el horizonte tornasolado presagio hoy muchos grados a la sombra en este agosto berlinés. El reloj de la iglesia del Káiser, junto al Kudamm, acaba de marcar las 6.

En la misión de Cáritas, dentro de la estación del Zoo, Rachel –una asistente social de 28 años– reparte los primeros cafés. Los clientes se amontonan detrás de la ventanilla y a empujones van consiguiendo su rebanada de pan con mantequilla y un líquido humeante de color indefinido. Lo mismo que esa docena de mendigos sin techo, los 5.000 vagabundos de Berlín siguen durmiendo entre cartones debajo del millar de puentes de Berlín  o en las entradas a las estaciones del Metro, que no cierra por la noche.

Uno de los caminos que llevan al otro lado comienza precisamente aquí. En el gélido S-Banh, el suburbano del Zoo, en medio de mendigos y algún que otro colgado. Hace dos horas, los trenes del Metro comenzaban su larga jornada primero a los últimos de la noche. Tres líneas del U-Bahnsiguen atravesando hoy Berlín-Este de norte a sur sin poderse parar a recorrer o dejar pasajeros en doce estaciones oscuras y abandonadas, vigiladas en la penumbra por algún vopo, aquí y allá; estaciones cerradas al público desde hace más de 30 años.

Antes incluso de que hubiera Muro , las autoridades del Este, zona soviética, habían cortado el teléfono y la luz con las zonas occidentales, ocupadas por Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia. Los berlineses de allí que trabajaban allí o los de allí que trabajaban aquí se quedaron sin metro, tranvía o autobuses.

“Cuando tiren el Muro , me cuenta el dueño de un chiringuito que hace negocio con los turistas en la Postdamer Platz– podrían dejar por lo menos un par de torretas de vigilancia y algún soldado, así seguirían viniendo forasteros”.

En la garita que tenemos enfrente, a unos centenares de metros de la Puerta de Brandemburgo, en medio de los dos Muros que parten Berlín, un guardia de la RDA no está observando desde hace un cuarto de hora con sus prismáticos. Sus compañeros de garita, con el que solamente está autorizado a compartir la guardia en el Muro una sola vez, para evitar camaraderías y amistades peligrosas, ha comenzado a fotografiarnos con una gigantesca Praktica. Recién huído del al Oeste, un ex guardia de fronteras me explicará esa tarde que la cámara que les dan no tiene nunca carrete.

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