alemán rico, alemán pobre

Ocho meses después de la caída del Muro de Berlín, el 30 de junio de 1990 los alemanes del Este podían cambiar sus marcos-chatarra por los flamantes deutsche-Mark, DM. Era la puntilla para la RDA, que solamente aguantaría cuatro meses más hasta la reunificación. El DM sería también víctima de la caída del Muro, porque la condición que el presidente François Mitterrand le puso a su colega Helmut Kohl para la reunificación fue la unión monetaria… europea. El euro nació para neutralizar a la nueva Alemania reunificada, que tanto susto daba a franceses y británicos. Pero esa es ya otra historia.

Primero cayó el Muro, después vino la unión monetaria y por fín la reunificación.
Primero cayó el Muro, después vino la unión monetaria y por fín la reunificación.



1 marco (pobre) del Este

Alemán rico, alemán pobre, solamente por haber nacido en el Este o en el Oeste de la Alemania derrotada. Los alemanes de la zona soviética, a los que no les llegó el dinero a espuertas del plan Marshall porque Moscú no quiso, se quedaron con su Mark: una divisa sin valor en el Oeste y cuyo paridad 1:1 era mantenida artificialmente. En la calle te daban 7 por 1 DM. Una mujer jubilada pedía a los dirigentes del Este, pocas semanas antes de que cayera el Muro, que se dieran prisa porque ella era mayor y quería gozar un poco de la vida. Lo primero que hicieron los otros alemanes cuando recibieron sus DM calentitos, aquel 30 de junio de 1990, fue asaltar los Intershops: las tiendas socialistas donde se compraban los artículos del Occidente capitalista si podías pagar con moneda fuerte.

El Muro rodeaba Berlín-Oeste, del que solamente se podía salir por avión o por los corredores especiales de tránsito entre las zonas aliadas Berlín y Alemania Occidental. Pero los que vivían en realidad en una cárcel, sin libertad para entrar y salir, con un nivel vida muy inferior al del Oeste eran los habitantes de la zona de ocupación soviética, convertida en 1948 en la República Democrática Alemana.

El Muro se construía el 13 de agosto de 1961 para evitar que la RDA se quedara vacía. Hasta entonces, los berlineses podían cruzar entre las zonas de ocupación y tanto los autobuses como las líneas de metro y los trenes iban de una parte a otra de la ciudad. El Muro paró la sangría de población, que buscaba una vida mejor en el Oeste, e hizo posible el otro Estado alemán. Pero también condenó a los berlineses a la miseria material y humana.

Mientras en el Oeste seguía la lluvia de dólares de ayuda norteamericana, en el Este se morían de hambre. Mientras en Alemania Occidental franceses y británicos desmontaban las fábricas y se las llevaban como compensación por los daños de la guerra, nuevas fábricas se iban levantando en su lugar con los dólares del plan Marshall, diseñado para evitar que la Alemania derrotada cayera en la órbita de la Unión Soviética.

Fue un paralelismo a la contra. Igual que los alemanes del Oeste recibían los care-pakete con chucherías que les mandaban las familias estadounidenses en los cincuenta, cuando llegó el milagro económico alemán de los sesenta fueron las familias de Alemania Occidental las que enviaron paquetes con chocolate, jabón perfumado y lana para tricotar a sus hermanos del Este siguiendo la lista de preferencias que les enviaban por conducto oficial.

El contacto entre las dos Alemanias, a nivel oficial, nunca se cortó. Se guardaban las apariencias y el discurso ideológico contra el enemigo, contra el otro, pero sin el dinero de Bonn la RDA no habría sobrevivido 4o años. Después del bloqueo de Berlín y la crisis de 1948 por la creación de la República Federal en las zonas de ocupación occidentales, el diálogo secreto entre los dos gobiernos alemanes hizo la vida más fácil a los otros alemanes.

Un artículo de Der Spiegel confirmaba, en 1966, que el Gobierno de la RFA había comprado en los últimos años 2.600 prisioneros políticos a la RDA por un valor de 97 millones de marcos alemanes. Todo dentro de la máxima discreción, aunque con intermediarios. Era una política de tráfico de vidas, en nombre de los derechos humanos. Esa práctica se iría incrementando conforme pasaban los años y gracias a ese sistema fue posible la reunificación de muchas familias que se habían quedado separadas.

Algunos padres, por ejemplo, conseguían huir al Oeste y se dejaban los niños en el Este… hasta que Bonn conseguía comprarlos. Yo conocí a muchos jóvenes, trabajadores o universitarios, que habían pedido oficialmente marcharse al Oeste. Eso los colocaba en listas negras que le impedían seguir estudiando o que les suponía el despido de su empresa, aparte de que su familia quedaba marcada como disidente. Pero a cambio podían aspirar a ser comprados por el Gobierno de Bonn.

Durante las fugas masivas del verano de 1989, y la ocupación de embajadas alemanas, el Gobierno federal también intervino. El ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher, por ejemplo, acudió en persona a la embajada de la RFA en Praga para anunciar a los cientos de refugiados alemanes que esperaban el rescate que se había conseguido un acuerdo. Allí pudimos ver y filmar a dos de los intermediarios, que se habían estado enriqueciendo durante años con estos negocios inter-alemanes: por parte oriental, Gregor Gysi, líder ahora de un partido de izquierdas, Die Linke; y como Vermittler occidental, el abogado Wolfgang Vogel.

Pero de Vogel hablaremos largo y tendido más tarde, cuando nos ocupemos del canje de espías entre el Este y el Oeste durante la guerra fría. Pero no todos eran espías que venían del frío…

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