archivo | 23/10/2008

mon ami cioran

Era hijo de un pope ortodoxo rumano, y acabó haciéndose ateo. Recibía a muy poca gente: para qué, pensaba, pero cuando te abría la puerta de su buhardilla, cerca del Odeon, te sentías como si estuvieras en tu casa y lo conocieras de toda la vida.

Recuerdo una nochevieja allí con él y Simone, ‘son adorable compagne’: enamorados todavía como dos adolescentes. No se me olvida que, esa madrugada, Cioran fue el más moderable de todo el pequeño grupo de amigos que le acompañaba.

A Cioran se le consideraba un excéntrico: desesperado y pesimista. Pero lo cierto es que pura vitalidad, puro optimismo y ganas de vivir, aunque se regodeara leyendo biografías de gente importante para ver la capacidad de autodestrucción que tenemos los humanos. Estos días de cataclismo universal me habría dicho:

Qué aburrimiento, escuchar una y otra vez la catástrofe que se repite.

Me lo presentó una Lola entusismada, con quien yo compartía piso en París. Lola escribía poesía, quiso entrevistar a Cioran y se convirtió por un tiempo en confidente. Los caminos de Lola y los míos se separaron cuando yo me fui a Madrid 1983 para acabar como corresponsal de TVE por esos mundos. Fue entonces cuando cometí el mayor error de toda mi vida profesional: publicar en ‘El País Semanal’ una de los escasas entrevistas concedidas a la prensa por Cioran bajo un estúpido pseudónimo. Tal vez pretendía yo así hacer ‘borrón y cuenta nueva’ en mi vida personal.

Cioran fabricó las frases más demoledoras que se hayan escrito jamás contra la humanidad, pero era un viejete encantador, rebosante de alegría y ganas de vivir, al que se le iluminaban sus pícaros ojillos cuando le hablabas de España, que había recorrido con su bicicleta después de la guerra. Cartesiano en sus aforismos, de los españoles admiraba nuestra capacidad para lo imposible y ese ‘viva la virgen’ que llevamos dentro. Viniendo esta mañana a la oficina pensaba yo en él…

Hoy habría sido un alivio tomarse el primer café del día con mi amigo Cioran.

guay woody

He visto Vicky Cristina Barcelona y me he reconciliado con Woody Allen. Lo tenía fácil conmigo nuestro querido y verborréico director de culto. Casi he visto todas sus películas. Era cuando íbamos de progres por la vida y había que ver el último Woody Allen en los cines de arte y ensayo (primero), en los multicines y en versión subtitulada (después). Luego empezó a cansarme. Era agotador: ¿no se podía callar un rato? Pero pasaron los años y cuando ya nos habíamos olvidado de sus películas, concretados en sus escándalos familiares, llegó Match Point y con ella Scarlett Johansson… y qué quereis que os diga: uno vive una segunda juventud y vuelve a sentirse progre otra vez.

Dadme una coartada y cojo el primer vuelo para Barcelona. Para reencontarme con el Mediterrani, con la luz, con la alegría y con el bullicio de Barcelona. 

Era un charnego cuando llegué allí y hoy me siento un apátrida europeo, o tal vez soy un ciudadano del mundo con 27 patrias… incluso más, ¿por qué no? Os dejo la música de Giulia y los Tellarini… y una foto de Scarlett con Javier Bardem: para que todos soñemos un poco.

Entrevisté a Woody en uno de esos hoteles lujosos de Manhattan donde las productoras citan a los periodistas para que, en fila india, vayan entrevistando a los protagonistas y al director de una peli que hay que lanzar. Fue difícil sacarle algo más que monosílabos: un ciezo, Woody.

Luego lo volví a verlo en su club de jazz, tocando el saxo: ‘pas mal’, pero igual de soso y aburrido. Et pourtant… este hombre lleva la magia del cine en las venas, y la sabe transmitir. No me importa reconocer que es difícil reconocer la obra maestra en la filmografía de Woody Allen (alguna hay); lo que es cierto también, nadie me lo puede negar, es que este hombre ha ido ganando con los años y que sus últimas películas las recordaremos con cariño.